jueves 19 de noviembre de 2009

Chali y Charly


No eran buenos tiempos para celebrar grandes acontecimientos, hacía tiempo que no supo de ninguno. Le daba la razón la televisión, la prensa, la radio, la frutera y su mejor amigo en paro. Su perro ‘Charli’ tampoco estaba por la labor, hacía días que olvidó hacer sus deberes diarios. Sin embargo, no desesperó. Aún estaba a tiempo de hacer algo. Lo primero descorchar un Rioja y brindar por Pablo, al fin y al cabo seguían siendo amigos. Cuando terminó la botella le confesó que mañana estaría viviendo en Granada. No sé que opinará Charly de todo esto, su jefe que no su perro.

Soledad y un verso

miércoles 4 de noviembre de 2009

Culo de vaso


Rondaban los 80. Paula y sus padres se mudaron a un pequeño piso de alquiler. Tenía una renta baja y una horrible vajilla. A la niña siempre le gustó mirar a través de los vasos que había en la cocina y ver más allá de las tremendas cristaleras. Era entonces cuando su entorno se distorsionada y adquiría una geometría provocadora; al poco tiempo se mudaron. Cuando cumplió los siete años, Paula visitó al oculista y el especialista le encontró una “hipermetropía de caballo”. De la óptica salió con unas gafas de gruesos cristales; sus ojos eran tremendos.

viernes 30 de octubre de 2009

Miguel


A Miguel, que nunca supo dibujar y, sin embargo, pintó sonrisas.
Soledad y un verso

domingo 11 de octubre de 2009

Café

Descansaba plácidamente sobre el cemento de la azotea. Junto a él estaba sentado Santiago, que le acariciaba el pelo lentamente, revolviendo sus dedos entre los tirabuzones que caían hasta sus hombros. Lo conoció allí, mientras tendía la colada con su novia Susana. Las idas y venidas de Mario a la azotea acabaron por cansar a la joven que, sin despedirse y sin avisar de sus intenciones, abandonó el ático de amplias ventanas y vistas a la terraza comunitaria. Lo cambió por un pequeño piso con una espectacular panorámica a la Gran Vía, que venía provisto de una lavadora con secadora incorporada. Desde el mirador, Susana contemplaba su antigua casa y los amaneceres a los que Santiago y Mario nunca le invitaron. Nunca les envidió, siempre y cuando le despertara el olor a café recién hecho que Laura hacía cada mañana.
Soledad y un verso

martes 1 de septiembre de 2009

15 de marzo

Le gustaba el alcohol, siempre servido en grandes dosis. Lo combinaba con tabaco negro, que en ocasiones era vestido con otro tipo de sustancias. Desde los veinte años sus cumpleaños siempre los celebró en la ‘suite’ de un conocido hotel, a solas; nunca le gustaron las grandes celebraciones. En su cincuenta aniversario, mientras se encontraba en el baño, alguien picó a la puerta. Sigilosamente arrimó su oreja para escuchar quién se hallaba tras ella. Esperó un rato, y no consiguió oír nada. Cuando se alejó, unos pasos se fueron disipando por el pasillo. Era él, que nunca se dio por vencido. Cuando dobló la esquina, se desprendió de sus miedos y dijo “entra”. Ella tardó catorce años en dar el paso; él siempre fue a verla cada 15 de marzo.

Soledad y un verso

jueves 6 de agosto de 2009

Eva



Eva siempre estuvo allí dentro, en esa cinta de caducidad interminable. Eran otros tiempos, donde las idas y las vueltas de un mismo viaje compartían idéntica banda sonora. Sabina vivió muchos años en el mío, un Supecinco gris, y mi padre nunca dejó de tatarear esta canción que hoy me viene a la cabeza: ‘Eva tomando el sol’.

“A Eva le gustaba estar morena y se tumbaba cada tarde al sol, nadie vio nunca una sirena tan desnuda en un balcón. Pronto en cada ventana hubo un marido a la hora en que montaba el show mi chica, aunque en la tele diera en diferido el Real Madrid - Benfica.” (Joaquín Sabina, 'El hombre del traje gris').

Soledad y un verso

jueves 23 de julio de 2009

Carolina


No fueron sus trenzas, ni tampoco ese lunar que vestía su mano, tampoco sus extraños andares ni esos ojos color azabache por lo que aún respira Carolina dentro de su cabeza. Ella fue mucho más que todo eso. Carolina le enseñó a pintar las tardes en color blanco y negro para que no dejaran de ser invernales, a obsevar por un solo ojo para simplicar los problemas y a mentirse una y otra vez para verle siempre sonreír. Cuando llegó la primavera, huyó sin decir nada. Marcos nunca dejó de amarla, pero Carolina eligió seguir contemplando las tardes en gris.
Soledad y un verso

miércoles 1 de julio de 2009

Penumbra



La observa cada noche en la penumbra; de él sólo pude conocer su silueta. Ella pasaba largas horas apoyada en la repisa de la ventana, alimentándose de una jungla de bares y jóvenes agitados por el alcohol y la fiebre de la adolescencia. Los seguía con la mirada, sin ningún disimulo. Las horas pasaban, los días avanzaban y él siempre permaneció inmóvil, como si fuera una cartón perfectamente perfilado.
Soledad y un verso

domingo 7 de junio de 2009

Conducta

Me lo confesó cuando tenía 27 años, desde que era niño padecía de una conducta autodestructiva. Me lo relató de una manera natural, mientras tomábamos una copa de vino en un bar alejado del centro de Madrid. Estaba tranquilo, sentado en el taburete, y con un cigarro Winston sin encender blandiendo sus labios. Tras sincerarse el silencio monopolizó la conversación y yo aproveché para apurar mi segunda copa de un trago. Sin mediar palabra me fui a casa y él prendió el cigarro.
Soledad y un verso

viernes 24 de abril de 2009

Morir con ella

Los sábados siempre acudió a tomar café solo, con la única compañía de un desgastado lapicero y un gorro que caía levemente por sus cejas. Las ideas comenzaban a brotar por su cabeza nada más que observaba ese rincón; ese maldito lugar que hacía de su imaginación un lugar de ricos escombros que componían la mejor de las historias. Amores imposibles, objetos llenos de poesía, sentimientos pincelados de costumbrismo, de lo absurdo, de todo aquello que a él le hizo aprender noche tras noche y café tras whisky. La mejor de sus historias nunca salió de su cabeza; prometió morir con ella.
Soledad y un verso

lunes 23 de marzo de 2009

Camisa


El desorden siempre fue su firma, también su peculiar manera de plegar la ropa. Su extrañera manera de navegar con la plancha, y pintar más arrugas a una camisa de las que nacen de la lavadora. Sus calcentines mal emparejados, infieles, de colores imposibles, irreverentes, rebeldes, a veces hasta con 'melocotones'. Hay días en que uno de ellos se arrastra hasta la rodilla y el otro simplemente se conforma con dejar desnudo el tobillo; el tobillo y su ella caótica.
Soledad y un verso

martes 10 de febrero de 2009

Secretos


Niña, calla. Hay días en que las palabras sobran. Me lo dicen tus ojos, los suyos, los del otro con su parpadeo nervioso. Sólo tengo que observarte, con detenimiento, hasta que confieses. Detrás de cada mirada, hay un silencio, un vacío inquieto. Afortunada, yo tengo uno con el que quedarme, porque todavía existen ojos sin secretos.
Soledad y un verso